El que vendía lapiceras
Por Sofía Beker
Viajaba en el subte "A". El pregón de un vendedor interrumpió mi lectura de Crimen y castigo, que había iniciado allí. No reparé demasiado en aquel sujeto, pero había algo llamativo en su elocución: ni muy mecánica ni muy estudiada, fluida. Vendía lapiceras.
Poco habíamos recorrido desde Primera Junta, cuando las luces del vagón se apagaron. Enseguida el tren se detuvo. En esas circunstancias, era dable esperar la indignación general, en su clásica forma de quejas expresadas en serie de agresividad creciente, dirigidas a instancias cada vez más altas hasta llegar a las casi abstractas. Pero sucedió algo inusual: el vendedor de lapiceras hizo su número.
Acaso movida por la incertidumbre y el hastío, la gente compraba lapiceras como nunca. El vendedor definitivamente había dejado todo rastro de pregón y ahora dialogaba con la gente, muy franco: “Que viva el apagón. Nunca vendí tanto. ¿Usted también quiere una, señora? Para usted también hay, caballero. Si sabía, traía otra caja. Me salvé por una semana”; y agregaba otras gracias. El público se reía, y algunos, animados por los decires del vendedor, añadían a la comedia: “Vení más seguido, loco”, “Para mí que el apagón está preparado”, “Deme tres, joven”.
La actuación del vendedor crecía, a favor de la multiplicación de las risas. Casi extasiado, dijo: “Cómo no se me ocurrió antes”… y surgió una luz que alumbró sucesivamente algunos rostros. “Linterna portátil. Sólo una pila chica. Dos pesitos, nada más. Muy útil en un apagón.” El público estalló; la carcajada fue unánime. Y vendió unas cuantas linternas, también.
La escena era notable; el tren detenido a mitad de camino entre dos estaciones, sumido en una penumbra graciosamente incompleta por una tenue luz; y la gente riéndose, siguiendo los dichos de un vendedor de lapiceras.
Me parece que ese día algo bueno pasó, cuando la indignación se trocó por embeleso y sonrisa. Escribo estas líneas con una lapicera azul que guarda un recuerdo.