No viene más

Por Guillermo Ruibal

Es sabido que la espera de un colectivo, en una fría noche solitaria, invita a la superstición, al examen de la propia conciencia, al cambio de religión y a contar las baldosas de la vereda; y qué hice yo para merecer esto, quién me mandó a esperar en este páramo, será de Dios.

Hay quienes niegan el carácter decisivo que estas esperas puedan tener sobre el espíritu, arguyendo que los pesares del alma son de otra profundidad; estas personas suelen viajar en taxi.

He aquí una pequeña colección de circunstancias para leer en la parada del colectivo.


¿Tardará mucho?

La espera empieza con incertidumbre, con una interrogación de lo porvenir. Pero también, quizás, con cierta disposición a sobrellevar la adversidad, mitad por optimismo y mitad por no haber estado más de quince minutos chupando frío. Se conocen, entre otros, estos métodos de estimación del tiempo de espera, de diverso grado de confianza: "Si hay varias personas en la parada, ya debe estar por venir", "Cada vez que prendo un pucho, viene", "No puedo tener tanta mala suerte".


Justo hoy que tengo que tomarme el 63, viene el 44; ¿dónde estabas ayer?

El frío y el tedio pueden hacerle creer a uno que la suerte le es decididamente opuesta. Uno se embronca con el destino que es artero, porque con ironía cruel le pone ante sí colectivos de líneas que no necesita y, lo que considera más terrible, que sí necesitó en otras esperas en las que no aparecían. Por descubrir esta maniobra cósmica en su contra, uno siente una estoica alegría que ni por un momento es manchada por la sospecha de que no está razonando bien.


¡Ahí viene! Ay, no, era una bicicleta.

Empujadas por la esperanza, las cosas se parecen a nuestros deseos: cualquier cosa es el 117. El desengaño, que puede tomar la forma de, por ejemplo, un rastrojero, en ocasiones sobreviene recién cuando el supuesto ómnibus haya pasado impetuosamente de largo, desatendiendo insultos, brazos extendidos e ilusiones. Hay quienes no admiten ese engaño de la percepción, y se empeñan en correr micros escolares a los que, a pesar de su naranja flagrante, les aseguran que son el 117 y les piden a los gritos que los dejen subir, hijos de su madre.


¿Existirá todavía la línea 111?

El paso del tiempo, que es muy hábil para derribar las convicciones, muestra todo su poder. Debilitado el espíritu y el cuerpo, uno duda de sí mismo, de todo: ¿no habrá cambiado el recorrido?, ¿este palo del que cuelga una lata de dulce de batata, será efectivamente la parada?, ¿tenía que tomarme el 111 o era el 11?, ¿existirá todavía o, acaso, habrá existido alguna vez esa línea de colectivos?


Después de todo, tampoco era tan linda

Finalmente se llega a la resignación, que achica el peso de los destinos que esperan tras el viaje. Así, se comprende que dormir en plaza Irlanda tiene un no sé qué de aventura, o que no faltará oportunidad de que Ferro vuelva a jugar la final de la Libertadores, o que esa rubia que espera en Villa Urquiza no es tan linda ni tan buena.


Ochenta, por favor

Rendido ante el destino, perdidas ya las esperanzas, uno se deja librado al azar. Justo en el ápice de su desdicha, divisa una luz a lo lejos. Un poquito después, la luz toma forma y colores conocidos. Y… ¡sí!, ¡es él!, ¡ahí viene! Rojo intenso: ¡36! Al fin, al fin, y cómo pude dudar de vos y yo sabía que vendrías y vuelvo a creer y juro que seré un hombre bueno.

―Hasta Plaza Flores, por favor.

―No papá, tenés que tomarte el que va para el otro lado.