Sobre la escuela del trabajo
Por Ricardo Cono
El conocimiento institucionalizado es, en realidad, la base de la cultura del trabajo. Conocer es conocer para el trabajo. El conocimiento opcional (al institucionalizado) es tomado como hobby o –en su defecto– como cultura general.
Feyerabend comentó que no hay nada que legitime más a la medicina que a la acupuntura, porque ambas no están completamente probadas como ciertas. Entonces: ¿Qué es lo válido?
Las instituciones legitiman ciertos conocimientos como verdaderos y –así– útiles. Por adquirir esos conocimientos (a los que acceden sólo aquellos que pueden pagar por ellos) las instituciones entregan papeles y sellos legitimándolos. Un conocimiento legitimado por una institución vale (no tanto, pero vale) lo suficiente como para que los distintos mercados laborales analicen la entrada del titular del conocimiento a sus filas. En otras palabras: saber es poder.
Así, después de socializar en el jardín, uno pasa por la primaria obligatoria, sigue por la secundaria opcional y –si llega– termina en la casi inaccesible universidad. Pero esto no es suficiente muchas veces, y se crean maestrías y post-grados (generalmente caros y privados) como para asegurarse de que uno se llevará a la tumba una jugosa jubilación y una montaña de conocimiento que se convertirá en polvo a tres metros bajo tierra.
Aquello que aprendemos como hobby o cultura general será lo que nos llene de dicha y alegría. Es eso que nosotros queremos conocer, lo que nos despierta curiosidad, ganas de ver el mundo y vivirlo a nuestro modo. El resto de las cosas puede ser muy útil dentro del sistema, pero sirve a intereses ajenos, para formar nuevos engranajes que conforman esta máquina brutal que come carne humana sin asco para servir a los poderosos.